En su homilía, el obispo se enfocó en el reto de escuchar la Palabra de Dios y aplicarla en la vida diaria. Afirmó que la principal dificultad es la incoherencia entre lo que se profesa y lo que se lleva a cabo. "Parece muy sencillo; sin embargo, ese es el gran desafío. ¿Por qué? Porque el gran reto, la gran dificultad, es nuestra incoherencia de vida, nuestra falta de testimonio: escuchar la Palabra y no practicarla", dijo.
El obispo relacionó esta contradicción con la situación social y política del país, mencionando los niveles de corrupción que afectan a Paraguay. En este sentido, recordó la carta pastoral de los obispos paraguayos sobre el bien común, que identifica la corrupción como uno de los principales obstáculos para el desarrollo y la justicia social.
López enfatizó que la corrupción no debe ser vista solo como una estadística, sino por sus efectos concretos en la vida de las personas. "Significa dinero que no llega a los hospitales, a las escuelas, a las comunidades indígenas y a la seguridad ciudadana", manifestó. También mencionó prácticas como sobornos, licitaciones manipuladas, la subordinación de la justicia y la infiltración del narcotráfico en la política, situaciones que, según advirtió, debilitan las instituciones y afectan a toda la sociedad.
El religioso fue claro al afirmar que la corrupción es una falta grave desde la perspectiva cristiana, ya que atenta contra la justicia social y perjudica especialmente a los más desfavorecidos. "La corrupción es un pecado grave porque viola la justicia social, roba a los pobres y desprecia la verdad", afirmó. Añadió que no puede justificarse alegando que se cometen irregularidades mientras se logran algunos resultados positivos.
Como respuesta a esta problemática, el obispo propuso la necesidad de fortalecer la participación organizada de la ciudadanía, señalando que la población debe informarse, ejercer controles, votar de manera consciente y exigir rendición de cuentas.
