La desconfianza hacia las instituciones y la desinformación alimentan el surgimiento de teorías conspirativas, mientras que los poderosos aprovechan los medios para difundir narrativas que les favorecen. Sin embargo, una sospecha no equivale a una prueba, y transformar rumores en certezas solo beneficia a quienes buscan dividir a la sociedad.
El desorden informativo resulta lucrativo. Mientras la ciudadanía se debate entre versiones parciales, los verdaderos responsables toman decisiones en secreto, trasladando sus pérdidas a la población y resguardando sus privilegios. La inflación, el endeudamiento, la corrupción y el deterioro de los servicios públicos impactan directamente en los salarios, en la calidad de vida de las familias y en el futuro de las nuevas generaciones.
En muchos casos, la política se ha transformado en un mecanismo de destrucción. La confianza se erosiona, las instituciones se degradan y la incompetencia se presenta como gobernabilidad. Aquellos que fomentan esta situación tienen nombres, cargos e intereses, y a menudo actúan abiertamente, protegidos por la impunidad y por quienes dependen de ellos.
Las repercusiones de esta situación se manifestarán pronto. La frustración social no se disipa, sino que se acumula. Cuando las personas pierden sus empleos, ahorros, seguridad y esperanza, dejan de confiar en discursos vacíos. Y cuando la justicia parece ser efectiva solo para unos pocos, la democracia se encuentra vulnerable ante la ira, el autoritarismo y la violencia política.
No obstante, responder a la guerra de la mentira con más engaños, odio o violencia sería caer en la trampa de quienes desean desestabilizar la convivencia. La respuesta debe ser decidida, rigurosa y legal: investigar, juzgar, transparentar, sancionar y restaurar las instituciones, sin privilegios, sin pactos de impunidad y sin propaganda disfrazada de información.
Los responsables de convertir la codicia y la manipulación en un sistema deben rendir cuentas. Esto no se trata de venganza, sino de asumir responsabilidades. No se trata de silenciar al adversario, sino de evitar que el poder aniquile la verdad, la economía y la dignidad.
