En la Catedral Metropolitana de Asunción, monseñor Gabriel Escobar Ayala, obispo auxiliar de la ciudad y encargado de la Vicaría Episcopal del Norte, afirmó que la devoción hacia San Miguel Arcángel no puede limitarse a una mera emoción o ritual religioso. Señaló que es contradictorio pedir protección divina mientras se justifican actos de corrupción e impunidad que afectan gravemente al país.
El obispo criticó a quienes utilizan el poder público para enriquecerse a expensas del sufrimiento y las necesidades del pueblo paraguayo. También instó a los funcionarios a comprometerse de manera genuina con la justicia, el desarrollo y la transparencia en su gestión.
Escobar destacó que una fe auténtica requiere un cambio significativo en la vida diaria de la sociedad y advirtió: “No podemos rezar a San Miguel para que defienda al Paraguay y, al mismo tiempo, justificar la corrupción cuando beneficia a los nuestros”.
El religioso agregó que el poder público debe centrarse en la dignidad humana y el bienestar común, y no ser empleado como un medio para el enriquecimiento personal. Cuestionó con firmeza: “¿Quién puede utilizar el poder público como propiedad personal? ¿Quién puede enriquecerse a costa de las necesidades de un pueblo?”, instando a los administradores de justicia a realizar un verdadero examen de conciencia.
Monseñor Gabriel Escobar enfatizó que las luchas del país deben ser enfrentadas con valentía moral y determinación, delineando frentes de acción para la sociedad paraguaya. La misa central de este domingo reunió a numerosos feligreses en la Catedral Metropolitana para despedir la venerada espada de San Miguel Arcángel, que visitó el país por primera vez. La jornada de oración y despedida comenzó más temprano con una celebración eucarística a las 09:00, presidida por el padre Ricardo Romero, donde también se congregaron cientos de devotos.
Antes de finalizar la ceremonia y despedir la reliquia, el obispo recordó que la espada de San Miguel simboliza la protección divina y la lucha espiritual, pero advirtió que no se le debe atribuir un “poder mágico” ni pensar que su mera presencia resolverá los problemas del país. En este sentido, subrayó que la fe y la devoción deben traducirse necesariamente en decisiones cotidianas y en ciudadanos honestos.
